jueves, 10 de enero de 2013

Las ondinas


En la mitología germano-escandinava las hadas protectoras de los lagos y ríos, se llamaban Ondinas. Se las creía hijas del dios Odín y poseían una gran belleza. Hay algo que no se sabe mucho, y es que no sólo hay Ondinas femeninas, sino también masculinas. El nombre se utiliza en general, tanto para los individuos femeninos como masculinos, aunque en realidad es el de los femeninos. Sus congéneres masculinos se llaman Wallanos.
No tienen cola de pez como las sirenas. Su piel puede tener una tonalidad azulada o verdosa y los dedos de los pies y las manos estar unidos entre sí por membranas, lo que les permite nadar muy rápido; tienen las orejas puntiagudas y cabellos muy largos, azules, amarillos o verdes.
Se acusa a las Ondinas, igual que a las sirenas, de seducir con sus bellos cantos a los mortales. En realidad, no poseen el concepto del bien o del mal, son traviesas y alegres, y a veces  basta con oír su risa para perder la voluntad. Les gusta jugar con los humanos, provocando corrientes en el agua hasta ahogarlos, lo cual les resulta muy divertido, pero no lo hacen por maldad, para ellas es un juego.
También hay Ondinas que se enamoran de humanos, y cuando eso sucede se convierten en sus protectoras.
Su trabajo consiste en guiar las corrientes acuáticas por su cauce natural, para evitar que haya inundaciones, dirigiendo a grupos de "Minutes", seres muy pequeños de hasta cinco centímetros, que les ayudan en las tareas.
En general se los considera monógamos y forman parejas, siendo su amor muy profundo y duradero. A los Wallanos les cuesta más dejarse ver que a las Ondinas, y no se conocen datos sobre posibles relaciones con humanas.


Según la leyenda, las Ondinas no tienen alma, pero si encuentran una pareja humana y tienen un hijo, encuentran también un alma, siendo, a partir de ese instante, más intenso el sufrimiento y el dolor.
Hay una leyenda alsaciana referente a una Ondina en concreto. Al nacer, todas las hadas se reúnen a su alrededor y le regalan dones preciosos. Su abuela, también hada, le regala el don de una persistencia excepcional. Un día, cuando la Ondina ya tiene la apariencia de una bella joven, es secuestrada por un noble que la enamora hasta tal punto que rehúsa ir a ver a su madre enferma. Su abuela, en castigo, la condena a amar por siempre al joven noble. Pero él no la ama, y cuando se cansa de la relación, finge creer que ella le ha engañado con otro. Como prueba de su amor, le pide a la Ondina que le traiga un enorme jarrón lleno de agua del río Niddeck. La Ondina tarda tres días en llegar al río, sin descansar en el trayecto, y al llenar el jarrón, se desmaya exhausta por el esfuerzo. Su abuela, conmovida, y para evitar que continúe sufriendo por el joven, la transforma en el hada protectora de las aguas del río Niddeck. Desde entonces, según se dice, los días de tormenta se puede ver su reflejo en las cascadas del río.

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